50 años sin el 'Azorín de la copla flamenca'

30/11/19 Flamencomanía Aida R. Agraso

Este 2019, entre otras efemérides flamencas, es el cincuentenario del fallecimiento de José Bernardo Álvarez Pérez, conocido para la eternidad jonda como Bernardo el de los Lobitos. Un cantaor largo, a decir de Enrique Morente, quien no ocultaba la influencia que este artista, nacido en Alcalá de Guadaíra en 1887, tuvo en su arte. Es solo una muestra de la admiración que por él profesaban los círculos flamencos de su época. Le recordamos, y recordamos su biografía, en estas líneas.

"Marcado por la tradición gitana, el flamenco alcalareño encuentra su voz más dulce en la garganta indeleble de José Álvarez Pérez, célebre por el sobrenombre de Bernardo el de los Lobitos", comienza el texto firmado por Bohórquez para El Correo de Andalucía. Miembro de una modesta familia de horneros y panaderos aficionados al flamenco -según indica Manuel Ríos Vargas-, mudaron a Sevilla cuando Bernardo era muy niño, "posiblemente por necesidades de trabajo", añade José Blas Vega. Su primer trabajo fue en una fábrica de seda, empleo que perdió pronto al sustituirse a los hombres por mujeres en ese quehacer. Con el tiempo, esta circunstancia daría lugar a una hermosa frase surgida de la prosa de Manuel Bohórquez: "Su voz era suave como la seda que manejaba de niño en la fábrica".

Entonces se decidió a dedicarse al cante, debutando en el Salón Piñero de Algeciras. El éxito -afirma Blas Vega- le inclinó al profesionalismo, realizando su debut como tal en el sevillano café Novedades.

Era una época muy especial. Al respecto cabe plasmar la descripción del contexto en el que principió la carrera de Bernardo, realizada por José Blas Vega: "De todos los cafés sevillanos de las primeras décadas del siglo fue Novedades, sin duda alguna, el más popular y el más representativo de lo que había sido en el pasado esta manifestación musical, manteniendo una línea clásica en lo flamenco, junto a las innovaciones temporales y sin perder las características que tenían estos cafés cara al espectáculo, que consistía en ofrecer un cuadro flamenco con ocho o diez bailaoras y cantaoras, dos cantaores y dos guitarristas, un cuadro de baile español o bolero, un cantaor solista y atracciones diversas como cine, comparsas y cupletistas. La andadura de este café comenzó en 1897, fundado por Fernando González Serna y Pino, en la casa número siete de la calle Santa María de Gracia, en la Campana, en pleno corazón de Sevilla, acabando en 1923 víctima de la piqueta municipal y del fuego purificador. Cuando debutó en él Bernardo, con el nombre artístico del Niño de Alcalá, eran habituales del cuadro flamenco nada menos que La Coquinera, La Macarrona, La Malena, La Sordilla, La Melliza, La Roteña, La Trini, Rita Ortega, Enriqueta la Macaca, La Junquera, El Tiznao, El Ecijano, teniendo también la ocasión de alternar con algunos de los grandes artífices que dejaron huella en la historia de este café. Sonadas fueron allí las actuaciones de Juan Breva, Fosforito, Chacón, Niño de Jerez, Paquiro, El Churri, La Niña de los Peines, Ramírez, Niño Medina, Antonio el de Bilbao, Javier Molina, El Niño de la Isla... Novedades significó el nacimiento artístico de muchos cantaores, como en el caso de Bernardo y en los del Niño de Marchena, Pepe Pinto y Carbonerillo en años posteriores. Diez meses consecutivos de integración ambiental dejaron en el Niño de Alcalá unos sólidos conocimientos que le marcarían definitivamente en su carrera profesional". "Tuvo la posibilidad de forjar su estilo cantaor al lado de los más grandes de su tiempo", reafirma Manuel Bohórquez.

De ahí se fue a Madrid. Refiere, respecto a esa época, José Blas Vega lo siguiente: "A partir de 1905 Madrid supuso un amplio campo de trabajo para los artistas flamencos con el auge de los cafés cantantes madrileños (...). El Café de la Marina, que junto con El Imparcial son los dos cafés más importantes de los numerosos que hubo en Madrid, tuvo una vida pública de más de 20 años. Inaugurado por los años 90, su época de esplendor fue la primera década del siglo. Estaba en la calle Jardines, en pleno centro de Madrid,entre la Gran Vía y la Puerta del Sol. El propietario del local iba frecuentemente a Sevilla contratando a los jóvenes valores que surgían, como Fernando el Herrero, Escacena, Antonio Morón 'Niño de Morón', Manuel Pavón 'Maneli'... y naturalmente se trajo al Niño de Alcalá. En este café triunfaron Faíco, Mojigongo, Ramírez el de Jerez y Antonio el de Bilbao en el baile y Ramón Montoya en la guitarra. De allí salió la Farruca y el Garrotín que montara Faíco. Y de allí salió la popularidad artística del Niño de Alcalá, ya desde entonces Bernardo el de los Lobitos al dar a conocer por bulerías una letra que le había escuchado a un montañés: "Anoche soñaba yo / que los lobitos me comían / y eran tus ojitos negros/ que miraban y me decían: / Por Dios no me desampares / que yo he perdío la calor / de mi pare y de mi mare". Fue, de hecho, de los primeros en cantar por bulerías en Madrid.

En la capital, comenta Bohórquez, tuvo la posibilidad de encontrar "la escuela fundamental que le ayudaría a fijar definitivamente su estilo, una escuela marcada por la gran personalidad artística de don Antonio Chacón, el cantaor que más influyó en la generación de Bernardo, en la que tenemos que citar a Vallejo, Pastora, Fernando el Herrero, Fernando el de Triana, Mojama, Tomás Pavón, Matrona, El Niño de Morón, etc".

Entre 1910 y 1920 sería "figura imprescindible" -describe Blas Vega- en los cuadros flamencos de los cafés madrileños. En el de La Madgalena, según este flamencólogo y el apunte de Manuel Ríos Vargas, estuvo seis años. Posteriormente "participó frecuentemente en el movimiento operístico", indica Blas Vega, refiriéndose a la etapa de la Ópera Flamenca, y en los años de la posguerra seguiría actuando -continúa Blas Vega-  "en diversos espectáculos de ópera flamenca y folclóricos como también se llamaban entonces. Al mismo tiempo que comenzaba su asentamiento de sabiduría flamenca en la intimidad de las fiestas de Villa Rosa, paso obligado de todos los aficionados y artistas que frecuentaban Madrid". 

En 1954 intervino en la ya mítica 'Antología del cante flamenco' de Hispavox (Ducretet-Thompson, París, 1954), que logró el premio de la Academia Francesa del Disco. Dice Blas Vega al respecto: "Junto a las arcaicas, espectaculares e impresionantes aportaciones de Pepe el de la Matrona, con la serrana y sus soleares trianeras, fueron sin duda alguna los estilos interpretados por Bernardo el de los Lobitos los que más impacto produjeron. Las deliciosas sevillanas corraleras, alertando ya su postrera desaparición en pos de tratamientos modernos, los clásicos y airosos verdiales, la delicada ternura de la nana, el aire campero del cante de la trilla, algo insólito en disco, y la original mariana en todo su frescor y genial recreación de este cante olvidado. Todo el equilibrio emocional y musical, de cordura y expresión, que albergaba la vida y la experiencia de Bernardo, supo plasmarlo en esa Antología, con una aportación práctica, positiva, que ha dejado huella sutil en los cantaores de generaciones posteriores. No se nos escapan los matices señalados por Enrique Morente en algunos cantes y en su nana homenaje a Miguel Hernández, o en la mariana de José Menese, por citar algunos de los ejemplos más conocidos".

 

Y ya que alude a Morente, efectivamente, en el libro publicado por el INAEM con motivo de la Cumbre Flamenca de 1987 se recoge un texto en el que César Muriel recoge las declaraciones del artista granadino. En ellas, no duda en afirmar que "era un hombre que tenía muchísima habilidad para cantar, tenía muchísimo oficio, era un cantaor muy seguro, con mucho oficio y mucho dominio, y uno de los más largos que he conocido, en el sentido de que tocaba muchísimos estilos; un cantaor largo se le puede llamar porque sea largo por soleá y por seguiriya y ya es mucho si es largo por esos dos estilos, y por martinetes; luego ha habido casos que han dominado esos cantes más las granaínas y malagueñas y tarantas; pero este se pasaba, porque aparte de tocar todos esos cantes, por tientos era una maravilla y cantaba una nana histórica, la que ha quedado, la que grabó; que la mía de la Nana de la cebolla está directísimamente inspirada en la suya; la mía tiene unos semitonos y un estribillo que es mío, y lo demás es música de Bernardo. (...) Los cantes de trilla, las marianas, todo eso lo ha dejado grabado él, y cantaba la serrana y lo cantaba todo, y cantaba por bulerías maravillosamente bien, cantaba por todo. (...) Y tocado con el ala del artista, del artista profesional". 

Fue su primera grabación en microsurco, pero las hay anteriores, ya que, a decir de Bohórquez, "ha dejado una discografía interesantísima" que el investigador divide en dos etapas, la de los trabajos en pizarra, "en la que se registra cantes con Montoya, Ricardo y Manolo de Badajoz, y la del microsurco, en la que realiza verdaderas joyas musicales". 

Resumimos brevemente la amplia información recogida al respecto en el título dedicado a Bernardo de los Lobitos por José Blas Vega: discos de pizarra 78 rpm, en la marca Gramófono, ocho discos con Ramón Montoya como guitarrista (soleares I y malagueñas, tientos y rumba flamenca, bulerías III y guajiras, soleares II y media granadina, fandanguillo I y bulerías, fandanguillo de Alosno, Malagueña (estilo Chacón) y saeta y bulerías de 'Los Lobitos'); en la marca Regal, seis discos con Niño Ricardo (fandanguillos y guajiras, granadina y fandango y fandanguillos, fandanguillos y malagueñas, bulerías y fandanguillos, fandanguillos y milonga, caracoles) y en la marca Pathé, uno que contenía "Malagueña Mellizo y Canario, 'La Hija de Juan Simón'".

En lo que respecta a los discos en microsurco de 33 y 45 rpm, además de la antología de Hispavox del 54, citar la de Orfeón en el 57; en 1958, 'Cantes andaluces de Navidad' con Perico el del Lunar; en 1968, en Movieplay, 'Alma de Andalucía', con Manolo el Sevillano; en Sonoplay, el mismo año, graba con Manolo el Sevillano; el mismo año, en Hispavox, 'El flamenco tradicional', con Luis Maravilla; en 1969, Hispavox, 'Figuras del cante', con Luis Maravilla; en la misma casa y año, 'Homenaje a Bernardo el de los Lobitos'; en 1971, en RCA, 'Gran antología flamenca'; en 1982, Hispavox, 'Magna antología del cante flamenco'; y en 1984, en Hispavox, 'Maestros del cante'.

En 2001 se publicó en la 19ª entrega de la serie 'Grandes clásicos del flamenco', apareciendo junto a Pepe el de la Matrona y El Niño de las Marianas bajo el nombre de 'Trío de ases sevillanos': "Una de las voces más exquisitas que se conocen", decía la presentación de este disco de un cantaor que, apunta Manuel Ríos Vargas, logró "premios en el Festival Nacional de La Unión en los años 65/66 y 67, mientras que en 1965 y en el II Concurso Nacional del Cante por Cartageneras, celebrado en la plaza de toros de dicha localidad murciana, obtenía el primer premio".

Sobre la antología de Orfeón del 57, informa Blas Vega de que "siguiendo el éxito que despertó la Antología; en 1957 y organizada también en lo artístico por el guitarrista Perico el del Lunar, y dirigida por el aficionado malagueño exiliado en México Domingo José Samperio, se preparó otra gran obra discográfica para la casa Orfeón, de México, con un amplio cartel de cantaores, algunos de interés histórico: Manolo Caracol, Pepe el Culata, Antonio Valdepeñas, Maricela, Salvador Fernández 'Pantalón', El Canario de Madrid, Rosa Durán, María Heredia, Victoriano de Málaga, Rafael Romero, Antonio 'El Flecha de Cádiz', Niño del Brillante, Leonor Amaya, y Bernardo, que nuevamente tuvo una máxima participación, grabando siete números, con plenitud de facultades y en su línea maestra de reencuentro con el pasado musical flamenco. Los cantes que interpretó son: tangos de Cádiz, fandangos de Lucena, con cuatro variaciones sobre este estilo; Garrotín, el más completo que hemos oído, por la cantidad de matices que introduce; farruca, granadina y media granadina de Chacón, marianas y la trilla. También otras casas discográficas contaron después con la colaboración artística de su largo repertorio, solicitándole estilos raros y poco usuales, que él, con generosa maestría y profesionalidad, dejó plasmados, como un bello reguero, en los surcos del disco".

Sobre el artista, fallecido el 30 de noviembre de 1969, afirma Manuel Ríos Vargas: "Grabó una amplia discografía para solaz de los buenos aficionados, interviniendo en las compañías de Angelillo y de Vallejo. No era un cantaor duro, pues su voz era dulce cual arrope que empalaga pero que nunca llega a hartar. De lo que no existe la más mínima duda es de que se impregnó de las esencias cantaoras locales y que las supo desarrollar y derrochar allá donde actuara".

Y dijo de él José Blas Vega: "Era un cantaor larguísimo, todo un archivo de cantes, estilos y coplas "inacabables", según la manifiesta admiración que le causaba nada menos que al propio Chacón. Lo dominaba no solo por lógica vivencia, sino por inquietud personal y curiosa, pues siempre estuvo en la vanguardia de las nuevas tendencias, como lo reflejan sus más antiguos discos por bulerías, saetas, fandangos alosneros y el hecho de ser uno de los primeros cultivadores de los cantes hispanoamericanos: milongas, guajiras y hasta rumbas, y seguramente la rumba por él grabada (Gramófono AG 163) sea la primera grabación flamenca que de este cante se conoce. Oírle cantar era, aparte de la sensación placentera que eso suponía, la inesperada sorpresa, aún para sus más habituales, que podía ofrecernos su amplio repertorio siempre distinto de variaciones músicas y poesía. Tandas inagotables de tientos y malagueñas, de las que afortunadamente dejó un pequeño muestrario".

"El enciclopedismo de Bernardo -continuó Blas Vega- no solo consistía en conocer exhaustivamente todos los cantes: los de compás, los libres, los folclóricos, los menos populares... sino que respondiendo a una calidad, era hacerlo a la perfección, con una técnica y un formalismo histórico, sin deformación, con autenticidad propia, con sentimiento y expresión personal, y en esto estriba la diferencia en ser o no ser un verdadero maestro. Y por eso sabía decir el cante con toda su justeza musical y rítmica, atiplando su voz gangosa a medio fuelle y con un hilo de voz, en los últimos años, lo suficiente para que su grito fuese gracia y melancolía, con estilo original de emotivos recovecos e indudable duende que nos conmovía a punzás. Como dijo el poeta era el "Azorín de la copla flamenca. Cantaba con la delicadeza de un pájaro y con el sentimiento de un alma en pena", ofreciendo siempre en su gama de coplas preciosas los más bellos suspiros líricos de una vieja raza. Sus coplas parecían como nuevas y como nuevo puede parecernos hoy el eco de su viejo cante". Dicho queda.

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